Opinión

No huelen bien las cosas en el Calvario

En Quiroga, donde los conflictos políticos brotan con la misma facilidad con la que brota el pasto después de las lluvias, hay algo que empieza a oler mal, y no precisamente a carnitas. El tema no es solo el presupuesto directo del Calvario, ni la disputa de territorios, ni siquiera la torpeza con la que se condujo la transición. No. Ahora la preocupación mayor es la actitud del autogobierno del Calvario y de sus voceros digitales, esa legión de perfiles falsos y familiares entusiastas que han decidido convertir un proceso delicado en un ring de box improvisado.

En vez de construir confianza, tienden golpes. En vez de tejer puentes, levantan muros ideológicos. Y en vez de informar, desinforman. Es como si hubieran decidido improvisar con manuales pirateados y un humor más cercano al pleito cantinero que a la responsabilidad institucional.

Como dice Pinche Pancho con su sabiduría involuntaria: “No es malo agarrar el mando… lo malo es agarrarlo sin saber dónde está el freno.”

Porque preocupa, y preocupa en serio, que quienes deberían ser factor de unidad anden actuando con la temeridad de quien va manejando en reversa por el libramiento. Sus cercanos se enganchan en peleas superfluas, sueltan información sesgada, ambigua o abiertamente falsa, y todo con un tono tan confrontativo que uno sospecha si realmente quieren representar o simplemente dominar.

Y mientras eso pasa, nadie da la cara. No convocan a la población involucrada, no explican por qué miles fueron integrados, sin aviso ni consulta, a una comunidad a la que nunca pertenecieron. Emiten comunicados que parecen escritos para cumplir, no para informar, como si explicar bien las cosas fuera optativo. Es un silencio que huele a cálculo y un ruido que suena a provocación.

Los perfiles falsos, por cierto, no son nuevos. Son los mismos que en campaña defendían al ex presidente Arturo Estrada, los mismos que atacaban opositores, los mismos que hoy responden a cualquier crítica con insultos y espuma en la boca. Ya uno no sabe si opinan por convicción, por encargo o por afición al pleito.

Y si así actúan ahora, que todavía no tienen el control pleno del presupuesto ni de los servicios, surge la pregunta obligada:
¿Cómo serán cuando lo tengan?

Porque una cosa es administrar un discurso y otra administrar un territorio. Y si la muestra es el comportamiento actual, más que transición parece advertencia.

Pero el asunto va más allá de los modales en redes. Toca fibras sensibles: la propiedad, el patrimonio, el derecho a decidir quién te gobierna. Y ahí la historia es aún más dura. Cuando un territorio se rige por usos y costumbres, las leyes mexicanas suelen quedar relegadas. La Pacanda es el ejemplo perfecto: aunque sus habitantes tienen escrituras, su propiedad privada está prácticamente es nula por un régimen comunal que les impide vender, construir o remodelar. Es decir: legalmente dueños, pero en la práctica, invitados con silla prestada.

Por eso inquieta escuchar frases recientes desde el autogobierno del Calvario:
“Si no están de acuerdo, vendan y váyanse.”
“Ya no es reversible, aunque les arda.”

Son frases pequeñas, pero revelan un talante grande: autoritario.

Como remata Pinche Pancho: “Cuando alguien empieza mandando sin permiso… termina creyendo que manda por derecho divino.”

Los comunicados lo confirman sin rubor: solo los comuneros, ni una más, pueden elegir representantes. ¿Y los otros 6,290 que ahora fueron integrados sin quererlo? Según ese planteamiento, no tienen derecho constitucional a votar por su propia autoridad. Democracia selectiva, pues. Un menú donde unos eligen y otros solo pagan la cuenta.

Y así, el autogobierno empieza con el pie izquierdo. No por el derecho indígena, que es legítimo y merece respeto, sino por la forma en que se administró, se comunicó y ahora se defiende. Y muchos en Quiroga ya pronostican que un modelo tan excluyente y tan torpemente conducido difícilmente puede sostenerse mucho tiempo. Porque cuando no hay tribunales que escuchen, ni leyes que observen, es el pueblo el que termina hablando. Y cuando el pueblo habla fuerte, tiemblan hasta los que juraban tener el control.

Al final, Quiroga no necesita amenazas veladas, ni discursos con olor a revancha, ni voceros escondidos detrás de perfiles reciclados. Necesita claridad, transparencia, consulta y respeto. Sin eso, no hay gobernanza: hay imposición.

Como dice Pinche Pancho mientras acomoda su sombrero:
“Donde manda la soberbia, la razón se va por la puerta chica.”

Y hoy, la soberbia anda suelta.

CHISPAZOS

– En redes, cualquiera ladra; gobernar es otra cosa. Aquí algunos que mueven las aguas por atrás… pero por más ocultos que estén se sabe lo que mueve el ex presidente.
– La transparencia no es un comunicado: es convocar, explicar y escuchar. Todo lo demás es teatro sin público.
– El derecho indígena merece respeto. El abuso disfrazado de derecho, no.

Firmado por:
PINCHE PANCHO – Autor de Rancho
Cronista incómodo, vaquero del teclado y especialista en picar donde a varios les incomoda.

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